Mi secreto

Hay días en los que te sientes bien, y no porque haya pasado nada en concreto, pero lo cierto es que sientes paz; una paz que se proyecta desde el epicentro de tu pecho y que se irradia hacia el exterior llenándolo todo de… Luz.

Me gusta sentirme así la verdad; después de tanto tiempo sintiendo oscuridad, tristeza, ansiedad y vacío, hoy me enfrento al mundo con una ligera sonrisa en los labios (sería extraño ir sola por la calle con una enorme sonrisa cruzando mi cara, aunque he de decir que eso sería un reflejo mucho más fiel a lo que siento que la leve mueca que demuestro), una sonrisa que emana de mi interior y que guarda mi secreto.

Antes he dicho que no había pasado nada para sentirme así, y he de reconocer que esa es una verdad a medias.

Hace semanas, meses, años quizá, sentía que mi vida no tenía mucho sentido, y eso hacía que me sintiera tremendamente culpable. ¿Cómo podía sentirme así si mi vida tenía todo lo que yo necesitaba?

Cuando pensamos en nuestra vida y en lo que tenemos o nos falta, solemos centrarnos en cosas materiales, parece que si tenemos casa, coche, dinero y demás, nuestra vida es… ¿Perfecta?

¿Y por qué entonces con tanta frecuencia nos sentimos tristes, solos y, muchas veces, desesperados?

Creo que deberíamos aprender a mirar un poco menos hacia fuera y un mucho hacia dentro.

Nos centramos en poseer y descuidamos el ser.

Si tenemos de todo y aún así nos sentimos mal, ¿no estaremos enfocándonos donde no es? ¿No deberíamos quizá probar a mirar hacia esa «tercera pata» que con frecuencia olvidamos (nuestra alma) y que conforma nuestro ser ? ¿No deberíamos verificar el estado de nuestra espiritualidad?

Hace semanas volví mi vista hacia mi interior; allí vi a una niña perdida deseosa de ser encontrada; una niña necesitada de consuelo, atención y esperanza. Vi a una niña que no podía (ni debía) luchar sola contra las adversidades, y que al coger su biblia y leer algunos pasajes sueltos encontró lo que buscaba.

Mi alma necesitaba nutrientes; mi vida necesitaba esperanza; yo necesitaba reactivar mi fe.

Me di cuenta de que iba por la vida en modo automático, y que por mucho que cuidara mi cuerpo, y mi mente, si no cuidaba de mi alma, jamás encontraría la paz que buscaba, y el vacío, la tristeza y el desconsuelo seguirían gobernando mi vida.

Me di cuenta de que para mí no era suficiente seguir diciendo «creo en Dios» si mi vida no daba testimonio de ello.

Me di cuenta de que era el momento de decir «Sí, yo creo» y dejar que las palabras de san Pablo en Filipenses 4:13 me acompañen en cada momento del día.

¿Cómo no sonreír cuando tu mente no hace más que repetirte: «Todo lo puedo en Cristo quién me fortalece»?.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio