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La importancia relativa de las cosas

Hace quince años, cuando me quedé embarazada de mi primera hija toda la gente me decía «has cambiado».

Yo, personalmente, no sentía que hubiera en mí un cambio como tal, pero sí es cierto que había algo diferente; yo me sentía diferente.

Tardé en quedarme embarazada, o más bien, tardé en conseguir que dicho embarazo avanzara y consolidara, por lo que una vez pasaron el peligro y el miedo inicial, un miedo que ya había sentido en otras dos ocasiones anteriores, empecé a relativizar las cosas. No fue algo que yo buscara hacer, ni tampoco fue algo que supiera que debía hacer, aquel cambio simplemente sucedió.

Cuando me enteré de aquel embarazo, una vez más pensé que no llegaría a término; estaba preocupada, frustrada y deprimida pensando que en aquella ocasión mis deseos tampoco se verían hechos realidad, sin embargo, pese a todo pronóstico, mi «pequeña escaladora» se aferró a mí y todo llegó a buen puerto.

No puedo decir que el miedo me abandonara realmente ni un solo segundo en las treinta y seis semanas que duró aquel embarazo, bueno, ni en las treinta y seis semanas ni en los quince años posteriores, pero sí puedo decir que precisamente por eso comprendí que no podía ir por la vida preocupándome por todo y por todos, que no todo lo que me sucedía tenía (ni debía tener) la misma importancia en mi escala de valores, y que sin duda lo más importante en aquel momento éramos mi bebé y yo.

El tiempo pasó y, como sucede muchas veces, el equilibrio que había sentido durante aquellas semanas desapareció; sin darme cuenta volví a dejar que el estrés del día a día invadiera mis sentidos, el orden de las cosas y su importancia se enmarañara y la crispación desde que me levantaba hasta que me acostaba fuera mi guía.

Salía a la calle predispuesta en acordarme de toda la familia, y un poco más, de todos aquellos que osaran cometer el más mínimo «error» que pudiera afectarme, convencida de que la finalidad de su existencia no era otra que la de ponerme de uñas y hacer que mis días fueran malos.

Sin embargo hace unos días, tuve lo más parecido a una epifanía que he sentido nunca; iba conduciendo tranquilamente camino del trabajo y en vez de ir tensa y de malhumor esperando a todos esos que, como cada mañana, conducen como locos, se meten en tu distancia de frenada, van de listos apurando los carriles de incorporación obligándote a dejarles pasar y todas esas cosillas, me dio por sonreír e intentar cambiar mi forma de ver las cosas; intenté prepararme para todo eso que sabía que como cada mañana pasaría y simplemente aceptarlo, y al hacerlo, de repente sentí cómo en realidad, todo eso a lo que me enfrentaba no tenía ni de lejos la importancia que yo llevaba meses dándole, y que al quitarle ese poder (que yo misma le había dado) mis días eran muchísimo mejores. Al fin y al cabo `y poniendo un ejemplo, si en vez de enfadarme porque alguien se colara delante como si hubiera cometido la mayor de las afrentas hacia mí, yo amablemente le cedía el paso ¿no era mucho mejor para todos y encima conseguía mantener mi buen talante?

Entiendo que cada uno somos un mundo, que cada uno tenemos una vida que a veces nos supera (o no), que tenemos distintas formas de afrontar las cosas pero… Pensad una cosa fríamente: ¿De verdad eso por lo que saltamos es tan grave e importante o solo nos estamos dejando llevar por la gota que colma el vaso o por la crispación generalizada que parece gobernar nuestra sociedad?

1 comentario en “La importancia relativa de las cosas”

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